viernes, 4 de marzo de 2016

Alfabeto racista mexicano (I) Federico Navarrete

Colores

Nuestro racismo del siglo XXI es, antes que nada, una cuestión de colores, de piel, de cabello, de ojos.
En nuestra vida social las mexicanas y mexicanos nos colocamos continuamente, y somos colocados por los demás, en una escala cromática que asocia la blancura, natural o artificial, con el privilegio, el poder y la riqueza, y su “contrario”, es decir, la piel morena, con la marginalidad y la pobreza. Este escalafón de fenotipos nos permite determinar, de manera casi automática, quienes merecen nuestra admiración y envidia y quienes nuestro desprecio o lástima.
La jerarquización de colores nos demanda un constante esfuerzo de transformación y ascenso. El uso estratégico de tintes de pelo y otras productos y tecnologías de modificación corporal, la inversión en ropa a la moda, son los tributos que pagamos al dios de la blancura y su brillo “aspiracional”.
Sin embargo, como ha propuesto la socióloga Mónica Moreno Figueroa en sus estudios sobre las mujeres mestizas y sus ideales racializados de belleza, nuestra posición en esta gradación siempre es precaria, pues nunca falta quien esté dispuesto a rebajarnos un escalón; así como nosotros tampoco podemos resistirnos a menospreciar a quienes están debajo de nosotros. Este racismo cotidiano, más implacable porque ni siquiera lo reconocemos como tal, afecta constantemente nuestra imagen propia, pone en entredicho de manera continua nuestra propia hermosura.
Tomado de : http://horizontal.mx/alfabeto-racista-mexicano-1/#sthash.vluausjB.dpuf



sábado, 13 de febrero de 2016

Tonanzintla, lugar de nuestra madrecita

No puedo comprender cómo pude abrir la puerta de la casa esa noche. Los golpes en mi rostro no me dejaban ver muy bien aún. Con dificultad, recuerdo, acosté a Betito sobre el sofá que habían dejado cuando lo alquiló Carmelita, después de que le avisé lo que me había pasado. Ella no me había podido ayudar porque estaba sacando a Carlota que también se había quedado dormida. En ese entonces no estaba pavimentada la calle y Carmelita tuvo que hacer verdaderas acrobacias para dejarme lo más cerca de la puerta y no en el mero charco. Era Julio, como por estas horas, y había llovido muchísimo. A mí me llovía sobre mojado. Cada vez que me acuerdo me dan ganas de llorar de nuevo, pero ahora lo veo de otra forma.
     Me vine a Tonanzintla por puro miedo. Quería estar lo más perdida posible para que ni él ni su familia me encontraran. Tampoco sus amigos ni nadie del trabajo. La verdad tenía mucho miedo. No conocía a nadie ni tampoco sabía qué iba a hacer al día siguiente. Como pude guardé algo de ropa de los niños y una muda mía; puse los biberones y una lata de leche que aún tenía y le saqué unos billetes a la bolsa de mi suegra. Carmelita me prestó el dinero para el depósito y les dijo a los señores que llegaba de Tijuana. Así, de esta forma, no podrían preguntarme por nadie de la familia de Puebla.
     Esa noche, después de dejarnos en la casa, Carmelita salió de nuevo y se tardó como una hora. Carlota se despertó y empezó a llorar de la pura hambre que tenía. Yo me desesperaba y no sabía qué hacer. Fue cuando oí que alguien tocaba la puerta; había empezado nuevamente a llover. Tuve miedo de abrir, pero logré escuchar una voz de una señora que me decía: buenas noches, vecina… Decidí abrir, total, después de todo lo que había vivido, qué más me podría pasar. Era doña Concha, la que tiene el molino. Cuando abrí me extendió sus manos y vi una canasta. Son unos panecitos y un atolito aunque sea, pa’ que los niños no pasen hambre. Agradezco no sólo lo que me dio, sino que no me hiciera más preguntas. En la canastita había tazas de barro, unas despostilladas y hasta sin oreja, pero si vieras qué cielo se me abrió esa noche. Al poco rato llegó Carmelita que se había ido a traer algo de comer y unas cobijas.
    Cuando comíamos me contó que su tía era de Tonanzintla y que por eso me había propuesto este lugar. Era un pueblo pequeño, cerca de San Andrés. Los niños estarían más tranquilos y yo no gastaría gran cosa porque, ya lo vería, la gente es muy compartida. Esa misma noche lo pude comprobar.
       Al día siguiente fui a dejarle los trastes a doña Concha y, no me vas a creer, ya tenía mi itacate[1]. Carmelita me había informado quién era esa buena mujer y dónde vivía. Cuando le fui a dejar sus trastes me preguntó cómo habíamos pasado la noche, yo le dije que bien, aunque estaba totalmente adolorida por los golpes y por haber dormido en el suelo. Me preguntó si la dejaba curarme los moretones de la cara y yo, con vergüenza, le respondí que sí, que se lo agradecía. Me dijo que mientras preparaba el ungüento y las yerbas fuera por los niños para que no se asustaran por dejarlos solos. Cuando salí de su casa fue la primera vez que pude apreciar dónde me encontraba. La construcción estaba a un costado de una hermosa iglesia, Santa María Tonanzintla. La actitud de doña Concha y el apoyo de Carmelita, me hicieron sentir que ya estaba en tierra firme y que los duros momentos estaban pasando.
     Mientras mi vecina me aplicaba el ungüento y me hacía presión con las hojas que había cocido, yo sentí necesidad y hasta un deber contarle quién era yo y qué me había pasado. Le conté que Ernesto, como siempre, había llegado borracho y, una vez más, los problemas y pleitos con sus hermanos los desquitaba conmigo. Que aunque ambos habíamos comprado la casa, desde que su madre se fue a vivir con nosotros, él había decidido darle el dinero a ella para que “comiéramos mejor”. Que en esos momentos yo había dejado de trabajar por el embarazo y por eso no contaba con dinero. Precisamente unos días antes, me había presentado a unos exámenes de selección y aunque había sido seleccionada, no pude llegar a mi primer día de trabajo que, precisamente,  había sido el día anterior.
   No era la primera vez que esto ocurría y por ello mismo, había tomado esta drástica decisión. Tendría que poner tierra de por medio pero debía de esperar a juntar recursos y a presentar la demanda por alimentos para los niños y entonces me iría más lejos.
   Luego que salí de casa de la vecina, pasé a la iglesia[2] a dar las gracias a la virgencita por haberme puesto en el camino a esta santa mujer. Al entrar no pude dejar de sorprenderme por la belleza del templo. Estaba lleno de ángeles, pero no eran rubios ni con ojos azules, como en todas las iglesias, sino éstos eran morenitos, como la mayoría de los mexicanos, como si en lugar de ángeles fueran nuestros niños. Me dio tanta tranquilidad que ese nuevo día dormí como bendita.
   Durante los primeros meses soñaba con el momento de irme nuevamente a la gran ciudad, pero veía a mis hijos corriendo libremente, jugando con los otros niños; correteando a los guajolotes, comiendo capulines, guayabas, tejocotes, nanches y verduras frescas, así como tortillas de maíz que yo misma hacía mientras trabajaba en el molino.
       La belleza de la iglesia me llamó tanto la atención que la visito frecuentemente y me he informado. Es de estilo barroco pero con gran influencia indígena porque los franciscanos permitieron su participación artística. Es del siglo XVIII y, según supe después, es el pueblo quien se hace cargo del cuidado de la iglesia, no hay un sacerdote fijo y, cuando es necesario, entonces lo llaman. Es como si el pueblo tuviera la misión de acogerte como parte de él, como si se tratara de un vientre que te cuida colectivamente.
    Tal vez por eso no pude cumplir mi plan. Doña Concha me ofreció que le ayudara en el molino, mientras me reponía de tantos golpes como de la situación económica. Me dijo, llorando, que mi historia le recordaba lo que ella misma había padecido pero, en ese entonces nadie la ayudó. Y poco a poco, aún sin proponérmelo, me fui quedando al lado de Concha, mi nueva madre, mi Tonantzi particular. Pero Tonanzintla, la madre de ambas, me atrapó.

"Tonanzintla, lugar de nuestra madrecita" en A Cholula por favor en Cholula Mágica, 2012, AMPEP-Universidad Madero, Puebla. 




[1] Palabra náhuatl (itacatl, ititl) que significa vientre o mochila, pero que en el uso común se entiende como “comida para llevar”.
[2] http://eloficiodehistoriar.com.mx/2008/07/08/el-lujo-de-tonanzintla-su-templo-indigena/

sábado, 6 de febrero de 2016

La riqueza alimenticia mexicana, una opción para adelgazar

Adelgazar en México es mucho más fácil de lo que pensamos o de lo que puede hacerse en otros países. Mayoritariamente la constitución física de los mexicanos no es delgada ni alargada sino corta y ancha, quizá por eso nos vemos más gordos o acumulamos más grasas. Sin embargo, la principal razón de la gordura está en la cantidad de grasas saturadas (y no saturadas) usadas durante la preparación de los alimentos, además, la mala distribución (número de comidas por día) y cantidades de los mismos . 
     Si eliminamos estos tres aspectos (cantidad de grasa saturada y no saturada, cantidades o raciones por plato y distribución ) aprovechando, además, la riqueza en verduras, frutas, legumbres, cereales y carnes existentes en México, podremos comer de forma equilibrada y muy sabroso. Simplemente se trata de aprender a prepararlos sin grasas o con muy pocas grasas y condimentándolos de nuevas formas.

¿Cuánto pesa y mide el mexicano promedio?

Con datos de 17 mil 364 personas mayores de 18 años, la Cámara Nacional de la Industria del Vestido encontró que el hombre mexicano promedio pesa 74.8 kilos y mide 1.64 metros, mientras que las mujeres 1.58 metros de altura y 68.7 kilos de peso.

Por rangos de edad, entre las mujeres de 18 a 25 años el promedio de peso es de 62.9 kilos, y en los hombres, de 70.4 kilos. La altura promedio de las jóvenes es de 1.61 metros y de los hombres jóvenes 1.67 metros.
En los hombres el mayor peso está en el rango de edad 40-50 años, con un promedio de 77.3 kilos; las mujeres, en el mismo rango, registran 72.2 kilos.

El análisis de las dimensiones antropométricas promedio de la población mexicana, titulado¿Cuánto mide México? El tamaño sí importa, se basó en una muestra validada por el Instituto Nacional de Geografía e Informática en cuatro zonas geográficas del país. El trabajo de campo se realizó del 19 de octubre de 2010 al 15 de junio de 2011. El 49.3% del total de las personas medidas fueron hombres.
         En comparación con los estadounidenses, los mexicanos son más bajos en estatura pero tienen unos diez kilos menos de peso. El estadounidense mayor de 20 años mide en promedio1.76 metros y pesa 88.3 kilos, mientras que en las mujeres las medidas son de 1.62 metros de estatura y 74.7 kilos de peso.

Fuente: 

http://www.muyinteresante.com.mx/preguntas-y-respuestas/12/02/09/medidas-poblacion-mexicana/

En la escuela me llaman 'albóndiga'

La historia de Ramón

Ramón es un niño de 8 años con mirada triste. En la escuela lo han castigado por ser agresivo y porque les pega a sus compañeros. Suele estar solo durante los recreos. Sus golpes son fuertes, muy fuertes. Los niños del salón lo miran con recelo mientras disimuladamente se ríen de él y le dicen "albóndiga con patas". La profesora lo tiene siempre en la mira. Pase lo que pase, la culpa será de Ramón. Cuando llega a casa, la historia se repite. Siempre el responsable será él.
Sus padres están preocupados pero no saben cómo actuar y, lo peor, tampoco se ponen de acuerdo, por el contrario, se echan la culpa mutuamente. Su madre intenta protegerlo evitando que alguien corrija el comportamiento del niño. El médico les ha dicho que es obeso y que deben hacerlo bajar de peso... pero no les dice cómo hacerlo. Ambos se evaden. Ramón ha escuchado todo. Nuevamente es el responsable del conflicto en la familia.
Ramón va a la cocina a escondidas y "roba" las galletas, las manzanas y se come el pedazo de gelatina que ha dejado su hermano ayer por la tarde. Se va al jardín donde, solo, junto a su perro, se queda mirando hacia ningún punto... Ramón sufre en silencio.

Conóceme

Me llamo Elizabeth, pero para abreviar me llamaré simplemente Liz Alcalá, como muchos me llaman. Soy mexicana y tengo sesenta largos años. Soy profesora universitaria jubilada, casada con un español de nombre Agustín, madre de tres hijos y abuela de tres hermosas niñas. Profesionalmente soy lingüista, es decir, estudio el lenguaje, razón por la cual uno de mis hobbies es escribir. Pero no soy escritora de literatura aunque he caído en la tentación de escribir uno que otro relato, aunque exactamente no es ni mi interés ni mi talento.
      Me encanta el mundo de la información, realmente de joven quise ser periodista pero razones ajenas a mí me lo impidieron, por eso terminé estudiando letras españolas y no me arrepiento. Ahora bien, lo que más, más, más me hubiera encantado estudiar sería danza clásica. El ballet es algo que siempre me ha encantado, pero tampoco pude hacerlo. Sin embargo, como soy tauro, es decir, muy terca, finalmente estudié danza aunque no clásica y ya cuando mis hijos habían nacido. Dicen que tuve facilidad por lo que en los distintos grupos que estuve en poco tiempo ocupaba un puesto principal. Ahora mismo, a mis sesenta años sigo en la danza aunque de forma intermitente por los viajes que hago cada año y media a la tierra de mi esposo. 
    Durante mis estancias en España procuro hacer mucho deporte y estudiar otras cosas. Soy inquieta por naturaleza. Me gusta escribir y junto con un amigo asturiano hemos llevado a buen puerto nuestro sueño conjunto, publicar una investigación sobre la carrera artística de ROCÍO DÚRCAL, nuestra cantante favorita. De este libro más tarde hablaré. 

viernes, 5 de febrero de 2016

¡Pero válgame mujer!

¿Güeritas color de llanta?

Presentación del blog

Pero válgame mujer, 
pues qué no ve 
que así negra está bonita
negrita Cu-cu-rumb-bé

¡Qué razón tuvo el pescado con bombín de nuestro querido Francisco Gabilondo Soler, Cri-crí, al llamarle la atención a la negrita que quería ser "blanca, como la luna, como la espuma que tiene el mar". La negrita siente envidia del color de las conchas. Se sintiente enfadada por su color. ¡Qué tristeza pero, al mismo tiempo, que verdad!
      Durante siglos las mujeres mexicanas hemos vivido atrapadas en los prejuicios sobre nuestra propia anatomía que por genética familiar y racial heredamos. Aunque no lo reconocemos públicamente sentimos rechazo por el color de nuestra piel, la estructura de nuestro cuerpo, la estatura y/o los rasgos faciales. Soñamos con ser blancas, altas, delgadas, finas, rubias, con labios delgados y narices afiladas. Nada que ver con la fisonomía del grueso de los habitantes mexicanos. Lo mismo se aplica para los hombres.
      En este prejuicio sobre nosotras mismas trabaja, cómo no, los medios de comunicación mayormente propiedad de españoles de tercera o cuarta generación, es decir, hijos, nietos o bisnietos de españoles o europeos llegados a México en otras décadas. La televisión mexicana ha promovido descaradamente el prejuicio sobre los cánones de belleza, de éxito laboral y hasta afectivo. En las telenovelas, por ejemplo, las protagonistas jamás corresponden a la característica mayoritaria de las mexicanas (chaparritas, morenas, regordetas y con rasgos mestizos). La heroína de la historia es la típica chica alta, rubia o morena pero con rasgos muy europeos. Si es baja de estatura el problema se resuelve si sus ojos son azules o verdes y el cabello es rubio, aunque sea teñido. El rol de la mexicana "real" (llamaré así a la mujer con las características más reconocidas entre los mexicanos) se deja para el personaje secundario o, principalmente, para los personajes del servicio doméstico, del mercado, de las mercerías o loncherías. 
      En los servicios informativos "no se cantan mal las rancheras". ¿Cuándo hemos visto a una presentadora o conductora, aunque sea del pronóstico del tiempo, parecida a la mayoría de las mujeres que pululamos por las calles de nuestro país? Peor aún, ¿nos imaginamos que a alguien con rasgos indígenas pudiera dirigir algún programa musical o un debate para la presidencia? Y qué decir de las revistas para mujeres que tanto se venden en nuestro país en las cuales menos aún nos veremos reflejadas, aunque muchas crean que si se visten, peinan o entintan se verán iguales a las modelos. 

Mujeres reales

Mujeres mexicanas
¡Pero válgame mujer! nace con la intención de compartir con las mujeres principalmente mexicanas, aunque no sólo a ellas, experiencias, consejos, textos, etc., con el objetivo de reivindicar nuestras características y sentirnos orgullosas sin necesidad de disfrazarnos ni física ni emocionalmente. Se trata de dar consejos e intercambiarlos para poder sacar lo mejor que tenemos tanto física, cultural e intelectualmente. Por ejemplo, qué ropa nos queda mejor a la estructura de nuestros cuerpos; cómo pintarnos, qué tintes usar sin caer en el absurdo, qué colores, etc. Consejos para sacar lo mejor de nosotras sin tener que gastar demasiado y sin ser esclavas de la dictadura de la moda. Aceptarnos como somos y con la edad que tenemos también.
     Espero que en este blog --deseando sea de muchas mujeres y no sólo mío-- también se puedan compartir cuentos, historias, recetas, preguntas, poesías, etc. Se trata de mostrar y mostrarnos como mujeres orgullosas de nuestras raíces y herencias culturales tan desprestigiadas no sólo por los medios sino también por las instituciones y por buena parte de la ciudadanía, los cuales, tienden a sobrevalorar las riquezas culturales, gastronómicas y los cánones de belleza de otras latitudes en detrimento de nuestras tradiciones y nuestras etnias.
    Si logramos eso seguramente aprenderemos a respetarnos y a darnos a respetar educando, encima, mucho mejor a nuestros hijos y nietos. Ojalá que les guste la idea y me ayuden a llevar este blog. SALUDOS.