Colores
Nuestro racismo del siglo XXI es, antes que nada, una cuestión de colores, de piel, de cabello, de ojos.
En nuestra vida social las mexicanas y mexicanos nos colocamos continuamente, y somos colocados por los demás, en una escala cromática que asocia la blancura, natural o artificial, con el privilegio, el poder y la riqueza, y su “contrario”, es decir, la piel morena, con la marginalidad y la pobreza. Este escalafón de fenotipos nos permite determinar, de manera casi automática, quienes merecen nuestra admiración y envidia y quienes nuestro desprecio o lástima.
La jerarquización de colores nos demanda un constante esfuerzo de transformación y ascenso. El uso estratégico de tintes de pelo y otras productos y tecnologías de modificación corporal, la inversión en ropa a la moda, son los tributos que pagamos al dios de la blancura y su brillo “aspiracional”.
Sin embargo, como ha propuesto la socióloga Mónica Moreno Figueroa en sus estudios sobre las mujeres mestizas y sus ideales racializados de belleza, nuestra posición en esta gradación siempre es precaria, pues nunca falta quien esté dispuesto a rebajarnos un escalón; así como nosotros tampoco podemos resistirnos a menospreciar a quienes están debajo de nosotros. Este racismo cotidiano, más implacable porque ni siquiera lo reconocemos como tal, afecta constantemente nuestra imagen propia, pone en entredicho de manera continua nuestra propia hermosura.