sábado, 13 de febrero de 2016

Tonanzintla, lugar de nuestra madrecita

No puedo comprender cómo pude abrir la puerta de la casa esa noche. Los golpes en mi rostro no me dejaban ver muy bien aún. Con dificultad, recuerdo, acosté a Betito sobre el sofá que habían dejado cuando lo alquiló Carmelita, después de que le avisé lo que me había pasado. Ella no me había podido ayudar porque estaba sacando a Carlota que también se había quedado dormida. En ese entonces no estaba pavimentada la calle y Carmelita tuvo que hacer verdaderas acrobacias para dejarme lo más cerca de la puerta y no en el mero charco. Era Julio, como por estas horas, y había llovido muchísimo. A mí me llovía sobre mojado. Cada vez que me acuerdo me dan ganas de llorar de nuevo, pero ahora lo veo de otra forma.
     Me vine a Tonanzintla por puro miedo. Quería estar lo más perdida posible para que ni él ni su familia me encontraran. Tampoco sus amigos ni nadie del trabajo. La verdad tenía mucho miedo. No conocía a nadie ni tampoco sabía qué iba a hacer al día siguiente. Como pude guardé algo de ropa de los niños y una muda mía; puse los biberones y una lata de leche que aún tenía y le saqué unos billetes a la bolsa de mi suegra. Carmelita me prestó el dinero para el depósito y les dijo a los señores que llegaba de Tijuana. Así, de esta forma, no podrían preguntarme por nadie de la familia de Puebla.
     Esa noche, después de dejarnos en la casa, Carmelita salió de nuevo y se tardó como una hora. Carlota se despertó y empezó a llorar de la pura hambre que tenía. Yo me desesperaba y no sabía qué hacer. Fue cuando oí que alguien tocaba la puerta; había empezado nuevamente a llover. Tuve miedo de abrir, pero logré escuchar una voz de una señora que me decía: buenas noches, vecina… Decidí abrir, total, después de todo lo que había vivido, qué más me podría pasar. Era doña Concha, la que tiene el molino. Cuando abrí me extendió sus manos y vi una canasta. Son unos panecitos y un atolito aunque sea, pa’ que los niños no pasen hambre. Agradezco no sólo lo que me dio, sino que no me hiciera más preguntas. En la canastita había tazas de barro, unas despostilladas y hasta sin oreja, pero si vieras qué cielo se me abrió esa noche. Al poco rato llegó Carmelita que se había ido a traer algo de comer y unas cobijas.
    Cuando comíamos me contó que su tía era de Tonanzintla y que por eso me había propuesto este lugar. Era un pueblo pequeño, cerca de San Andrés. Los niños estarían más tranquilos y yo no gastaría gran cosa porque, ya lo vería, la gente es muy compartida. Esa misma noche lo pude comprobar.
       Al día siguiente fui a dejarle los trastes a doña Concha y, no me vas a creer, ya tenía mi itacate[1]. Carmelita me había informado quién era esa buena mujer y dónde vivía. Cuando le fui a dejar sus trastes me preguntó cómo habíamos pasado la noche, yo le dije que bien, aunque estaba totalmente adolorida por los golpes y por haber dormido en el suelo. Me preguntó si la dejaba curarme los moretones de la cara y yo, con vergüenza, le respondí que sí, que se lo agradecía. Me dijo que mientras preparaba el ungüento y las yerbas fuera por los niños para que no se asustaran por dejarlos solos. Cuando salí de su casa fue la primera vez que pude apreciar dónde me encontraba. La construcción estaba a un costado de una hermosa iglesia, Santa María Tonanzintla. La actitud de doña Concha y el apoyo de Carmelita, me hicieron sentir que ya estaba en tierra firme y que los duros momentos estaban pasando.
     Mientras mi vecina me aplicaba el ungüento y me hacía presión con las hojas que había cocido, yo sentí necesidad y hasta un deber contarle quién era yo y qué me había pasado. Le conté que Ernesto, como siempre, había llegado borracho y, una vez más, los problemas y pleitos con sus hermanos los desquitaba conmigo. Que aunque ambos habíamos comprado la casa, desde que su madre se fue a vivir con nosotros, él había decidido darle el dinero a ella para que “comiéramos mejor”. Que en esos momentos yo había dejado de trabajar por el embarazo y por eso no contaba con dinero. Precisamente unos días antes, me había presentado a unos exámenes de selección y aunque había sido seleccionada, no pude llegar a mi primer día de trabajo que, precisamente,  había sido el día anterior.
   No era la primera vez que esto ocurría y por ello mismo, había tomado esta drástica decisión. Tendría que poner tierra de por medio pero debía de esperar a juntar recursos y a presentar la demanda por alimentos para los niños y entonces me iría más lejos.
   Luego que salí de casa de la vecina, pasé a la iglesia[2] a dar las gracias a la virgencita por haberme puesto en el camino a esta santa mujer. Al entrar no pude dejar de sorprenderme por la belleza del templo. Estaba lleno de ángeles, pero no eran rubios ni con ojos azules, como en todas las iglesias, sino éstos eran morenitos, como la mayoría de los mexicanos, como si en lugar de ángeles fueran nuestros niños. Me dio tanta tranquilidad que ese nuevo día dormí como bendita.
   Durante los primeros meses soñaba con el momento de irme nuevamente a la gran ciudad, pero veía a mis hijos corriendo libremente, jugando con los otros niños; correteando a los guajolotes, comiendo capulines, guayabas, tejocotes, nanches y verduras frescas, así como tortillas de maíz que yo misma hacía mientras trabajaba en el molino.
       La belleza de la iglesia me llamó tanto la atención que la visito frecuentemente y me he informado. Es de estilo barroco pero con gran influencia indígena porque los franciscanos permitieron su participación artística. Es del siglo XVIII y, según supe después, es el pueblo quien se hace cargo del cuidado de la iglesia, no hay un sacerdote fijo y, cuando es necesario, entonces lo llaman. Es como si el pueblo tuviera la misión de acogerte como parte de él, como si se tratara de un vientre que te cuida colectivamente.
    Tal vez por eso no pude cumplir mi plan. Doña Concha me ofreció que le ayudara en el molino, mientras me reponía de tantos golpes como de la situación económica. Me dijo, llorando, que mi historia le recordaba lo que ella misma había padecido pero, en ese entonces nadie la ayudó. Y poco a poco, aún sin proponérmelo, me fui quedando al lado de Concha, mi nueva madre, mi Tonantzi particular. Pero Tonanzintla, la madre de ambas, me atrapó.

"Tonanzintla, lugar de nuestra madrecita" en A Cholula por favor en Cholula Mágica, 2012, AMPEP-Universidad Madero, Puebla. 




[1] Palabra náhuatl (itacatl, ititl) que significa vientre o mochila, pero que en el uso común se entiende como “comida para llevar”.
[2] http://eloficiodehistoriar.com.mx/2008/07/08/el-lujo-de-tonanzintla-su-templo-indigena/

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